Espacio Cedido - 27/06/2012

No es normal tanto odio. El camino perverso hacia la muerte (Por R. Florido)

Como no es normal que las subjetividades propias  y naturales del ejercicio del periodismo hayan mutado en una suerte de Rosa de Tokio. Rememorando aquella propagandista japonesa que intentaba afectar la moral de las tropas norteamericanas en la 2da Guerra Mundial.


Cada expresión distinta a la lectura uniforme del oficialismo es respondida con un nivel de agresividad verbal que va a terminar creando las condiciones para que; algún o algunos violentos, de los que siempre existen cuando las ideas flaquean, sientan que la muerte le hace un favor a las interpretaciones antojadizas del pensamiento único.

Así, el presente, se ajusta a los ojos complacientes de lo que en cada período de historia se quiere ver. Siempre es claro que las complejidades históricas precisan de simplificaciones que disculpen a las sociedades y encubran la cobardía de muchos de los actores principales. Así, es más fácil aceptar las propias miserias y las corresponsabilidades de las arbitrariedades –cuando no crímenes- vividas.

La violencia se hace siempre presente cuando faltan las palabras y esto no significa literalmente que se ausenten las palabras. La violencia siempre encuentra su camino previo, su advertencia de muerte, en las palabras descalificadoras, en los silencios prolongados o en los prejuicios transformados en sentencias.

Alcanza con saber que las palabras de uno o de otro se han transformado en un absoluto excluyente y que no existe posibilidad alguna de encontrar caminos de comunión o de comprensión más que de tolerancia.

Porque la tolerancia no implica comprensión de la diferencia sino simplemente aguantar el desprecio por el pensamiento del otro.

Claro que el conciente ejercicio de comprensión de las diferencias con el pensamiento del otro es muy difícil. Y más difícil aún, cuando ese, o esos otros, observan la propia comprensión como una debilidad, en lugar de verla como un camino verdaderamente republicano.

Así, nuestro país, la Argentina, se dirige, paso a paso, en la dirección incorrecta donde la sangre suele ahogar el pensamiento. Solo hay que escuchar algunos comunicadores, devenidos en sacerdotes fundamentalistas del pensamiento oficial, para percibir que la tensión incluso comienza a apoderarse de sus guionados pensamientos uniformes. Algunos perciben la debilidad de sus propios destinos futuros y comienzan a insultarse al aire.

En paralelo, hay que ver los comentarios ciudadanos en las columnas de opinión de los periodistas independientes o de periodistas claramente opositores (algunos, tan fundamentalistas como el llamado periodismo militante oficialista), para darse cuenta que una violencia extrema comienza a anidar en los espíritus. Es como si; por ahora, se hiciese una catarsis de insultos y amenazas brutales, ante la más mínima hendija en alguna expresión o análisis que pudiera mostrar el no acompañamiento de las políticas oficiales. Tan brutal es lo que se escribe, que muchos diarios han tenido que recurrir a la frase… “ante la sensibilidad del tema el espacio queda cerrado a la opinión de los lectores”.

Insultos, amenazas, promesas de muerte, son un factor cada vez más y más tristemente presentes. Es como si la intolerancia se estuviera adueñando de los espíritus de muchos.

Algunos porque creyeron que su pensamiento sería eternamente acompañado por las masas sociales y no pueden comprender que el humor social cambió. Otros, porque sienten que su soledad opositora comienza a ser un fenómeno de masas y se sienten más acompañados. Unos y otros, sienten que sus verdades parciales son absolutas y se maltratan en una burla republicana que desmerece profundamente la diversidad enriquecedora de la democracia. Por lo menos cuando lo que se discute son ideas y no se cree que las propias son un mandato imperativo para que todos la vivan por imperio del poder.

Quiera Dios que me equivoque y el tiempo pase sin que la muerte se haga presente de la mano de una fatalidad, de un asesino, o de un desbordado. De esos que existen en toda militancia y que confunden fervor y convicciones con imposición, intolerancia y fundamentalismo.

Quiera Dios que me equivoque o que alguna de estas palabras y pensamientos haga que la reflexión permita no transitar tiempos que nadie quiere transitar o, para ser más exacto, pocos quieren transitar. Porque, a no dudarlo, siempre habrá, hay y hubo, extremos ideológicos o desbordados por el dolor propio, que creen en la purificación del fuego. Y, desgraciadamente, cuando estos ganan la calle, las ideas languidecen en el altar de los cultores de la muerte. Y cultores de la muerte los hay. Desde los más sofisticados; esos que presumen paz pero esconden odio e intolerancia en sus palabras. Hasta los más previsibles que creen que de la violencia nacerá un nuevo orden porque las sociedades se domestican a través del miedo.

Nada más cierto aquello de que los extremos se tocan. Sobretodo porque los extremos no siempre son, como muchos presumen, las expresiones ideológicas radicalizadas. Muchas veces los extremos son algo tan simple como el conflicto que existe entre la aspiración a retener el poder y la creencia cierta del derecho de adquirirlo o heredarlo. O como diría el escrito inglés William Hazlitt, mucho más inteligentemente que quien escribe…; “Las antipatías violentas son siempre sospechosas y revelan una secreta afinidad”.

 

Lic. Rodolfo Patricio Florido

rodolfoflorido@hotmail.com

www.pdeqdigital.com 

 

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